Estamos enfermos de desencanto,
nos convencimos de que nada tiene
sentido, que no vale la pena luchar
por nada porque nada vale la pena.
Si no podemos encantarnos
con la vida, estamos fracasando.
La vida no perdió su encanto. Fuimos nosotros los que perdimos el gusto por la vida.
Perdimos la inocencia, la capacidad de asombro. La fe en el futuro.
Perdimos la iniciativa. El hambre de progreso.
Las ganas de cambiar lo que hay que cambiar.
Una generación desencantada es una generación de muertos en vida.
Mientras bombardean a una generación desencantada,
acá hay otra generación encantada con la vida y con la
realización de sus sueños.
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